lunes, 2 de julio de 2012

POR QUÉ LAS NORMAS DE CORTESÍA.


No soy muy dado a utilizar las palabras y frases de cortesía tradicionales en los entrenamientos. Eso es algo que saben todos mis alumnos, pero que no utilice el lenguaje arcaico y tradicional, no significa que no inculque en ellos los conceptos que existen detrás de toda esa tradición. Quien me ve entrenar con mis alumnos avanzados a veces se asusta. No utilizamos guates, ni coquilla, y sólo en algunas ocasiones espinilleras. Siempre existe contacto, eso sí (aunque los demás no lo perciban), con cierta moderación. Cuando los neófitos asisten como espectadores a un entrenamiento en el que están incluidas las cinco distancias: y nos ven lanzar patadas, seguidas de puños, codos, rodillas... y acabar en el suelo lanzando series de puños a toda potencia para terminar o hacerlo con una luxación que sólo aflojamos cuando el otro da muestras de sentir verdadero dolor y antes de causar un daño definitivo. Algunos se preguntan donde está la cortesía, las normas e incluso la suavidad y cuidado que pido a los alumnos constantemente. Es difícil para ellos creer, que golpes de puño en la garganta que suenan como fuertes bofetones, puedan llevar algún tipo de control. E incluso que las luxaciones, que a veces provocan fuertes gritos en el contrario puedan tenerlo.

Esto se consigue en realidad entendiendo lo que significan esas frases tradicionales que se utilizaban antes y después de un entrenamiento o ejercicio especifico a dos.

Hemos de entender, que las “Artes marciales” ( *aunque crea que este nombre no es el correcto). En el pasado no eran cosa de broma. Y se utilizaban principalmente para sobrevivir.

Pero hablemos del presente. ¿Qué importancia tienen esas normas hoy día?

Para explicarlo voy a contar algo que ocurrió hace muchos años. Cuando yo sólo tenía diecisiete:

Estaba con mi gran amigo Jorge Maqueda, cuando alguien que ni siquiera recordaba haber visto antes: un chico muy alto y bastante delgado, se le acercó y le explicó que dos chicos que solían estar por donde nosotros nos movíamos, no paraban de increparle y perseguirle. Tuvimos que deducir que quería  ayuda, porque en ningún momento la pidió. Al principio creí que Jorge no le iba a hacer ni caso, pero cuando vi que se paraba a escucharle, llegué a pensar que le ayudaría. Sin embargo Jorge estaba curado de espanto.

“¿Que les has hecho tú?” Preguntó. “Nada, te lo juro”. Se apresuró a contestar. Jorge quedó pensativo unos segundos... “Nadie hace nada por nada”. Continuó. “Quizá tu no sepas que les has hecho. Pero todo tiene siempre un motivo. Yo les preguntaría, y después me disculparía”. Seguidamente continuamos andando sin hacerle ya ningún caso.

Todo pudo haber quedado allí, pero que alguien tenga apariencia de pusilánime y debilucho no es motivo para no tener un orgullo superlativo y, por supuesto, sufrir las consecuencias de ello.

Unos días después, no eran dos, sino tres chicos los que lo rodeaban y comenzaban a lanzarle continuas bofetadas y puntapiés. Cuando llegamos Jorge y yo, ya tenía la cara totalmente roja a causa de los bofetones. En principio no era nuestro problema, pero Jorge tenía un lado bueno que no podía ocultar. “Ya es suficiente”. Les dijo mientras los apartaba de él.

El chico estaba temblando de rabia e intentando contener los pucheros para intentar no romper a llorar. Cosa que no consiguió. Los otros tres lo miraban con cara asco. Comprendí que lo único que les impedía seguir abofeteándolo era que Jorge estaba allí y todos sabían quien era él. Lamentablemente el chico todavía llorando hizo la mayor estupidez de su vida. “Que sepáis”. Dijo entre sollozos. “Que sois todos unos h... de p...”.

Inmediatamente, aquellos tres, esquivaron a Jorge y arremetieron con mucha más violencia contra aquél pobre idiota. Recuerdo perfectamente que Jorge se volvió y me miró con una mueca de estupefacción y encogiéndose de hombros mientras sonaban los golpes. Como diciéndome: “¡Si se lo está buscando el sólo!”

Jorge al poco volvió a intervenir.

Esta vez aquél individuo no tenía la cara roja de los bofetones, sino de la sangre que salía de sus labios y su nariz: “¿Pero tu eres tonto? ¿Los paro y encima tu les faltas al respeto? Pírate de aquí anda, antes de que te maten. Y no seas tonto y no vayas a volver.”

A veces la estupidez humana no tiene limites, pensé.

Luego Jorge me explicó que aquel idiota era un orgulloso de mierda y que nunca se me ocurriese hacer nada por nadie como él.

No volví a ver a aquel chico nunca más. Pero estoy seguro que si no se disculpó, y estoy seguro de que no lo hizo, aquellas situación se repitió muchas más veces.

¿Que nos puede aportar lo que hay detrás de las frases arcaicas y tradicionales de las artes marciales?

Bien, tanto en las artes japonesas como en las chinas, el que va a ejecutar la técnicas dice algo así como: “Gracias por dejarme utilizar tu cuerpo para entrenar” y el que las recibe dice al final: “Gracias por no haberte empleado con demasiada dureza”. Lo curioso es que esta última frase también se emplea, aunque el que realiza la acción golpee por accidente a su compañero. Evidentemente el causante del accidente también se disculpa.

¿Por qué todo esto?

¿Os imagináis a dos practicantes de Wing Chun, entrenando con los palos largos o peor aún con las espadas dobles y que uno de ellos resulte golpeado por accidente y responda a su compañero diciendo: “Quiero que sepas que eres un h... de p...”?

Siempre hay tiempo para disculparse, siempre hay tiempo para ser educado, los valientes se disculpan, los cobardes creen que es signo de debilidad.

Fortalecer el carácter es fortalecer nuestra consideración por el prójimo y mostrar respeto a quien se lo gana.



J. R. Moreno.                www.unionrmwingchun.com

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