lunes, 27 de junio de 2011

La ira del pescador, el poder de los críticos y la inteligencia del Chi sao.

La ira del pescador, el poder de los críticos y la inteligencia del Chi sao.

Hace ya algún tiempo que mi amigo Manuel vino a mi; como hacen casi todos mis amigos cuando les pasa algo que no acaban de entender. Estaba buscando más bien una explicación que una ayuda. Estaba enfadado, más que eso, estaba indignadísimo. Llevaba casi un año con una chica que había estado tendiéndole una trampa tras otra para sacarle el mayor partido posible y, Manuel, más por instinto que por entender muy bien la trampa en que se estaba metiendo, decidió dejarlo. En ese momento, aquella chica utilizó todo lo que sabía de él para intentar destruirlo tanto emocional como moralmente: “Encima...” Me decía con amargura. “Encima de todo lo que ha tratado de hacerme, el cabrón y el hijo de P... soy yo y, por supuesto: incomprensivo, impaciente, egoísta etc, etc”. Lo peor de Manuel es que tratada de ver si las criticas que le hacía su despechada ex tenían algún fundamento. Y trate de hacerle ver por todos los medios posibles su gran error.

En un momento dado le dije: “No sabes ponerte de verdad en su lugar, ese es el problema. Ha tratado de hacerte caer en una trampa y no has caído”. “A ver. Imagina que eres un pescador. Pones carnaza en el anzuelo y lo lanzas al agua. Imagina que llega un pez hambriento y, que por alguna razón, este se come con cuidado el cebo, sin morder en ningún momento el azuelo. Cuando lo sacas... ¿Qué dices? ¿Eh?”.

“¿Dices... hay que ver que guapo e inteligente es este pez y te ríes? ¿O por el contrario te cabréas y te cagas en la P... madre de ese pez cabrón, única y exclusivamente porque no ha picado?”

En ese momento Manuel soltó una carjada.

El poder de los críticos feroces depende en todo momento de que comprendamos cuales son sus verdaderas motivaciones o no.

De todas formas, cuando volvía a casa comprendí que no había prestado a Manuel toda la ayuda que podía prestarle; porque no es lo mismo hacer las cosas por instinto que saber exactamente lo que se esta haciendo. No es lo mismo ser un pez que come el cebo sin tocar el anzuelo sin saber muy bien por qué, que un bicho inteligente que sabe lo que no tiene que comer y lo que sí. No es que haya mucha diferencia entre los resultados de lo que es puramente instintivo y lo consciente y racional. Pero lo instintivo, tiende a no dejar “imágenes” que podamos recordar. Y los motivos de las decisiones instintivas, tomadas rápidamente en el último momento, quedan difuminados y borrosos. Lo que seguramente, después, provoca dudas sobre las actuaciones y, finalmente sentimiento de culpa, al no poder armar con éxito, un plan que sirva para la próxima vez, que se presente una situación parecida. La única forma de ayudar a Manuel, era ayudarle a descubrir que su decisión final, fue debida a que ya tenía un montón de información adicional, recopilada durante todo el tiempo que había estado, con esta persona en particular, y no, de un pálpito que siguió para escapar del peligro. Así que volví a llamar a Manuel y, esta vez armado de lápiz y papel, le hice que me repitiera las frases que pudiera recordar a “bote pronto”, de la chica que ahora se había convertido en su peor pesadilla. Las tres primeras como esperaba fueron algo así como piropos y adulaciones, pero después todo funcionó. Empezó a recordar sin parar frases que la delataban a ella y a sus intenciones. Al principio Manuel se quedo petrificado. Hasta que por fin se atrevió a decir: “ No sé como sabiendo todo esto pude aguantar tanto...” Entonces lo miré sonriendo con cierta ironía: “Sería porque algo te compensaba el peligro ¿No?”.

En Chi sao, con el tiempo siempre acaba ocurriendo algo parecido a lo que acabo de contar:

Un día despertamos y nuestro Chi sao es suave, potente, lleno de energía... Y derrotamos con una facilidad pasmosa, a cualquiera de nuestros compañeros (No a todo el mundo le ocurre esto, pero sí a los que entrenamos diligentemente muchas horas). Pero a veces en un día, otras en una semana, otras en un mes... siempre acaba desapareciendo esa sensación y, nos acabamos volviendo otra vez pesados y descoordinados. ¿Por qué ocurre esto? Pues simplemente porque fue nuestro instinto el que nos guió. No podemos recordar qué hacía que fuésemos tan buenos de repente y, sin certezas, aparece la duda y con la duda, la descoordinación. Más adelante si no desfallecemos y, el sentimiento de culpa que imprimen las dudas no nos destroza, poco a poco volveremos a hacer cosas casi tan buenas, como en ese momento de inspiración y, al final, cuando por fin entendamos los conceptos, seremos capaces de reproducir esa estupenda fluidez a conciencia. La diferencia entre la primera vez que conseguimos fluir guiados por el instinto, y la segunda, guiados por la comprensión de los conceptos, es esa que el instinto no deja una “imagen” que podamos reproducir y seguir, la conciencia si. Por eso cuando hacemos algo por instinto nos da tanto miedo. Porque no sabemos si la próxima vez que aparezca un problema parecido podremos reaccionar igual.

Entender como sacarle información a nuestro instinto es vital para mejorar y, sobre todo para quitarle el poder a los críticos destructivos y a los tramposos:

Entender que un crítico no es más que alguien que no consiguió lo que quería y que intenta reforzar su autoestima maltrecha, haciendo añicos el ego de los demás, es el primer paso. El segundo: convertir las acciones instintivas que nos llevaron al éxito en un momento dado, en “imágenes” reales que podamos reproducir a voluntad.

J. R. Moreno.

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