jueves, 12 de agosto de 2010

Antes que fraile...


El sudor se había secado al mezclarse con el polvo y, los brazos ya no resbalaban, cada vez que intentaba deslizarlos para conectar un golpe producía una dolorosa abrasión en su piel. Y al despegarse para no sufrir el terrible roce, dejaba abierta sin remedio la línea por la que era inmediatamente golpeado. Con el tiempo ya no conseguía relajar los tendones, agotados por un esfuerzo tan prolongado, ni siquiera los tríceps se contraían ya para golpear, porque habían perdido esa función. Intentaba entonces golpear con la posición, tratando de que el sacro y las rodillas hiciesen el trabajo, pero entonces se veía succionado hacia un lado, quedando de espaldas. Un golpe de palma en los riñones le avisaba de la precariedad de su estructura, otras veces cuando era incapaz siquiera de frenar el giro sobre el eje central de su cuerpo, era agarrado del cuello y llevado al suelo. Y peor aún era cuando conseguía mantener la línea central sin girar; un pequeño golpe en el hombro le avisaba ya sin tiempo de lo que venia después, un penetrante golpe de palma a la mandíbula que creía que lo iba a desnucar.

- Estas cansado. Es hora de terminar.

- No no hace falta. Puedo seguir.- Decía alargando los brazos para continuar el ejercicio.

- Llevamos tres horas ya. Es demasiado hasta para mi.

- No por favor. Un poco más- Respondió alargando los brazos de nuevo.

Tang sao-fook sao, bong sao-fook sao… Esta vez cubriendo bien la línea exterior. “¡Oh no! ¡Demasiado exterior y demasiado brusco!” Huen sao y ¡zas! Golpe a la mandibula. “¿Pero chat sao no era para defender?” Ahora no se le ha movido la cabeza ni un poco. “¡Pero es peor!”. El suelo se mueve de forma extraña, trata de recuperar el equilibrio mediante un paso, pero se da cuenta de que ha calculado mal y el cemento está mucho más abajo. Mientras cae, le pitan los oídos como si un millón de personas hablaran mal de él. No es consciente siquiera de el fuerte golpe que su cabeza va a dar contra el suelo. Pero en el ultimo momento el profesor lo evita, riendo entonces de una forma tan paternalista que resulta humillante:

-¿Qué? ¿Hemos terminado ya?

J. R. Moreno.






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